(MLB.com)

Mariano Rivera era para siempre. Así lo hemos visto. Era una figura eterna, indestructible. Hacía su trabajo mejor que cualquier otro. El panameño lo hacía con dignidad y clase.

Rivera es quien todos quisiéramos ver como atleta profesional. El istmeño creía que el liderazgo venía más de los hechos que de las palabras. Daba el ejemplo de las maneras más básicas.

Era el mismo Mo todos los días. Siempre se le veía calmado y callado, tanto en el clubhouse como en el montículo. Era bien preciso en todo lo que hacía.

Rivera representaba la calma en el ojo de la tormenta, fuera el noveno inning de un partido de temporada regular en un estadio medio vacío, o el juego decisivo de una Serie Mundial.

Hubo una época en que el prototipo del cerrador era un grandulón del montículo que intimidaba con un aire de rabia. Rivera cambió todo eso.

Rivera representó a los Yankees de la manera correcta, con dignidad y gracia. Esta primavera, cuando intimó que ésta sería su última temporada, era casi imposible pensar en unos Yankees sin él.

Claro, Rivera tenía 42 años, pero estaba haciendo las cosas que siempre había hecho. Su recta cortada, el pitcheo que definió su carrera, aún estaba rompiendo bates y corazones.

Durante 18 campañas, Rivera era una constante en octubre, con tantas celebraciones. Junto a Derek Jeter y Joe Torre y el boricua Bernie Williams, entre otros, cambió la forma en que la gente veía a los Yankees.

Era imposible odiar a los Bombarderos del Bronx, porque hacían las cosas de la manera correcta, porque ganaban y perdían con clase.

Ahora es posible que la gran trayectoria de Rivera haya terminado de manera abrupta, en un momento demasiado extraño para comprender del todo.

Durante años y años, el panameño corría por los jardines y atrapaba elevados durante las prácticas de bateo. Era parte de su rutina para mantenerse en forma y, a la vez, parecía ser un elemento de su trabajo que le encantaba. Verlo allí en los jardines, riéndose con los compañeros, era ver a un hombre que parecía estar pasándola de lo más bien.

Cuando Rivera se cayó en la zona de seguridad y se agarró la rodilla derecha el jueves en Kansas City, el tiempo pareció detenerse para un deporte entero. Sufrió una rotura en un ligamento de dicha rodilla que probablemente lo mantenga fuera durante el resto de este año y tal vez para siempre, si eran en serio sus declaraciones sobre el retiro después del 2012.

A Alex Rodríguez se le vio decir, "Ay Dios mío, ay Dios mío." El manager Joe Girardi vio lo ocurrido y pausó por un momento, como si tratara de comprender exactamente lo que había pasado.

En ese segundo antes de Girardi correr hacia Rivera, tuvieron que haber pasado miles de cosas por la cabeza del capataz.

La ausencia de Rivera es un golpe devastador para los Yankees, pero eso no es lo más importante ahora mismo. De hecho, no parece tener importancia alguna en este momento.

El gerente general de Nueva York, Brian Cashman, tendrá que lidiar con esa parte de la historia en los próximos días. Cuenta con una buena profundidad en su sistema de liga menor y parece estar bien preparado para encontrar la mejor solución posible.

Pero de cualquier forma, nadie lanzará la novena entrada por los Yankees de una manera tan consistente como Rivera.

Pero más allá de eso, podemos decir que ésta no era la manera en que se suponía que terminaría la carrera de uno de los Yankees más grandes de la historia. Si había un jugador de la franquicia que merecía salir por la puerta grande con bombos y platillos, y tal vez un anillo más, era Rivera.

Era lo suficientemente difícil saber que Rivera no volvería a vestir el uniforme rayado luego de este año. Es doblemente difícil ver un final como éste.